sábado, 31 de mayo de 2008

Por qué Bergman

La obra de Ingmar Bergman acompañó poco más de la segunda mitad del siglo XX. Eso mismo, su extensión en el tiempo, ya la haría atendible; eso que sin embargo es sólo la menor de sus cualidades.

La historia del arte está repleta de grandes nombres en cada una de sus expresiones; no obstante, cada tanto alguno de esos nombres, por alguna razón, deviene un genio que excede las fronteras de su canal expresivo, e incluso del arte mismo, para ser... ¿qué? difícil definirlo, para ser quizás un símbolo de la humanidad misma en ese momento y en esa situación de la historia.

Nombres como Miguel Ángel, o Leonardo, o Cervantes, o Shakespeare, o Bach, o Mozart, o -y lo incluyo aquí- Ingmar Bergman, no es que sean ni más artistas ni menos artistas que los demás de su arte o de su época, es que pertenecen a un reducido grupo que queda por fuera de la natural división entre arte y no-arte, e incluso por fuera de la natural jerarquía interna de las artes. Quizás se trate sencillamente de los fundadores, de aquellos que abren de manera absoluta una nueva época y por ello la definen y carecen de parangón.

El estudio de la obra de los artistas está naturalmente reservado a los especialistas en historia del arte, estética, crítica, etc. Pero ¿a quién debería corresponder el estudio de estas obras geniales que exceden la parcelación artística?

Probablemente, el estudio de estas obras consista en una "introspección cultural": estudiándolos nos estudiamos y conociéndolos nos conocemos. Es más, probablemente sea esto lo que justifica llamarlos "genios", y a sus obras "geniales"; no tanto en el sentido coloquial de obras que exceden las medidas "normales" de belleza, verdad, etc, sino en el más antiguo de "genios tutelares", de espíritus magníficos que custodian aquello que una época es y tiene para decir.



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